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Análisis económico · Argentina

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Blog de Economía del Lic. Ricardo Silvio Gallo

Opinión

Una gestión errática: como sigue esta fábula?

Por Lic. Ricardo Silvio Gallo ·

Apenas a casi dos años de haber asumido, la gestión actual enfrenta un desgaste prematuro que desnuda con crudeza la incapacidad de gran parte de la dirigencia política para conducir los destinos del país. Lo que debía ser una etapa de implementación de una nueva política, de planificación de objetivos estratégicos y de generación de confianza en la gestión de gobierno, se transformó en un camino marcado por la improvisación, la falta de coherencia, los insultos, y la ausencia de resultados efectivos para los sectores más golpeados de la sociedad. Este fracaso no es fruto del azar. Durante el último año se advirtió en reiteradas oportunidades, no solamente en este blog, que las decisiones adoptadas carecían de un marco consistente y de un proyecto de Estado capaz de sostenerse en el tiempo. Al contrario el proyecto era sin Estado. Las señales estaban a la vista: políticas contradictorias, promesas incumplidas, prioridades difusas y una alarmante tendencia a gobernar con slogans y agravios más que con hechos. Hoy, a dos años de gestión, esas advertencias se confirman en un escenario de frustración generalizada. Ver informe adjunto.

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“Se acabó… el sol nos dice que llegó el final, por una noche se olvidó que cada uno es cada cual. Vamos bajando la cuesta que arriba en mi calle se acabó la fiesta”. JMS

Apenas a casi dos años de haber asumido, la gestión actual enfrenta un desgaste prematuro que desnuda con crudeza la incapacidad de gran parte de la dirigencia política para conducir los destinos del país. Lo que debía ser una etapa de implementación de una nueva política, de planificación de objetivos estratégicos y de generación de confianza en la gestión de gobierno, se transformó en un camino marcado por la improvisación, la falta de coherencia, los insultos, y la ausencia de resultados efectivos para los sectores más golpeados de la sociedad.

Este fracaso no es fruto del azar. Durante el último año se advirtió en reiteradas oportunidades, no solamente en este blog, que las decisiones adoptadas carecían de un marco consistente y de un proyecto de Estado capaz de sostenerse en el tiempo. Al contrario el proyecto era sin Estado.

Las señales estaban a la vista: políticas contradictorias, promesas incumplidas, prioridades difusas y una alarmante tendencia a gobernar con slogans y agravios más que con hechos. Hoy, a dos años de gestión, esas advertencias se confirman en un escenario de frustración generalizada.

La responsabilidad recae directamente sobre quienes tienen la obligación de gobernar (de uno u otro bando). No se trata solo de la economía, aunque la inflación está más acotada es persistente y la falta de control fiscal golpean de lleno en la vida diaria.

Se trata también de la incapacidad de la dirigencia oficial para construir acuerdos, de la tendencia a dividir antes que unir, de la falta de liderazgo para marcar un rumbo claro y sostenerlo frente a las dificultades. Una dirigencia que no asume costos políticos (los transfiere a los gobiernos anteriores), posterga las reformas necesarias y termina hipotecando el futuro con tal de sostener la coyuntura.

Ya no alcanza con justificar los errores en “herencias recibidas” ni en factores externos. Gobernar implica hacerse cargo, tomar decisiones firmes y anticipar los problemas en lugar de reaccionar cuando ya es tarde. La falta de capacidad de gestión se refleja en cada ámbito: en un sistema educativo que no logra mejorar desde hace varios años, en hospitales precarios y con escaso financiamiento, en la inseguridad que se expande sin control, y en una economía que no ofrece horizonte a jóvenes ni trabajadores que a esta altura buscan una sola salida: Ezeiza.

Lo más grave es la sensación de que nada de esto era imprevisible. Quienes analizamos con atención la marcha de la gestión advertimos una y otra vez que el rumbo elegido era insostenible. La dirigencia oficial fue alertada de los riesgos de continuar con políticas improvisadas, de subestimar el tipo de cambio, de no articular un plan sin Estado, de vivir en campaña permanente. Las advertencias fueron claras, pero la soberbia y la inercia pudieron más que la autocrítica.

Así, el capital político que se había obtenido al inicio se consumió con una velocidad asombrosa. La dirigencia, que debía administrar esperanza y confianza, terminó acelerando el desencanto. Hoy, cuando aún falta la mitad del mandato, se percibe la misma fatiga social que en gestiones agotadas al final de su ciclo. La política, lejos de dar respuestas, se convierte en parte central del problema.

La enseñanza es clara: la responsabilidad principal de que un país funcione no recae en la paciencia de sus ciudadanos, sino en la capacidad de su dirigencia para planificar, ejecutar y obtener resultados. No hay democracia posible si la clase política se limita a administrar el corto plazo y a reciclar promesas vacías. Gobernar no es improvisar, ni administrar la urgencia, ni esconder los errores bajo discursos vacíos: gobernar es construir futuro.

En definitiva, el fracaso de esta gestión a tan solo dos años de haber comenzado no debe interpretarse solo como una coyuntura desafortunada, sino como la confirmación de un problema estructural en la forma de ejercer la política. La dirigencia tiene la obligación de cambiar, de asumir su responsabilidad y de demostrar capacidad real para conducir. De lo contrario, el país seguirá atrapado en un círculo de frustraciones del que resultará cada vez más difícil salir.

Texto extraído del informe adjunto. Los gráficos y el formato original están en el archivo PDF.

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